La sociedad de Masas


Los bienes materiales se colocan en los deseos obsesivos de la sociedad de mediados del siglo XX. En la medida en que se desarrolla el capitalismo, la urbanización y la tecnología, la sociedad transita de productor a consumidor. En México se da una vertiginosa transformación en las ciudades por una fuerte concentración poblacional dejando a las zonas rurales semidespobladas y con nulas posibilidades de progreso. La conglomeración humana se refleja en las actividades cotidianas (escuelas, centros comerciales, etc.); el individuo se pierde en el anonimato, se mediatiza, es decir, se homogeniza “se siente ‘como todo el mundo’ y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás.” (Ortega y Gasset, 2002: 113). Dicho fenómeno no es algo que pudiera desvanecerse a corto plazo, al contrario, su presencia promete un mayor crecimiento poblacional y una permanencia durante muchos años. Su aparición, como fenómeno social, crea las condiciones para introyectarse en todos los ámbitos de la sociedad, sean estos ideológicos, estéticos, sociales, económicos, culturales y éticos, teniendo como base primordial el consumo. Los objetivos instalados en el imaginario se encuentran en el éxito económico de los individuos a través, desde luego, de la obtención de bienes materiales para ser “un miembro de una comunidad de consumo” (Bell, 2006: 75).

Alienarse a la lógica que ofrece dicha sociedad “garantiza” que se logre alcanzar la felicidad. “… a través de la publicidad, el crédito, la inflación de los objetos y los ocios, el capitalismo de las necesidades ha renunciado a la santificación de los ideales en beneficio de los placeres renovados y de los sueños de la felicidad privada.”(Lipovetsky, 2005: 50). Cualquier intento por alcanzar ideales que no se encuentren dentro de los parámetros del consumo será descalificado por los valores que la sociedad de masas ha implantado ya que la formación de los sujetos se va alienando a la estructura social existente. Es claro que la sociedad de masas hace que difícilmente se logre la divergencia de los individuos que la conforman, pues el dominio de la ideología opera con gran efectividad:

El sistema social dominante funciona con suavidad destilando en el sujeto la convicción de que sus decisiones son libres, mientras que, según la ideología como discurso, están completamente constituidas por el sistema social en interés del orden dominante. El discurso suministra apoyos al sujeto acomodaticio, a la espera de la elaboración de los roles, valores, elecciones y creencias del orden predominante. (Carroll, 2002: 326)

Vemos que la sociedad de masas aparentemente nos permite tener la libertad de acomodarnos en el camino que nos guíe hacia la realización y el encuentro de uno mismo; sin embargo, más allá de las apariencias se encuentra un sistema social complejo, guiado por el capitalismo, que produce “modelos humanos heterodirigidos” (Eco, 1981: 50), restringe los deseos e impulsos de los individuos que luchan contra el estatus quo. Es el caso de los actores formados en la universidad que salen de los cánones del modelo establecido; son ellos quienes buscan sentido e identidad en la profesión que es considerada por la sociedad como una carrera poco lucrativa. El desaliento lo viven los estudiantes cuando se enfrentan a todo el aparato publicitario que despliega el sistema para alentar sus valores. El cine, radio, televisión, internet, etc., se congregan para enviar a los consumidores y a todos los rincones de la sociedad, sus gustos, emociones y su forma de concebir la realidad. Por lo anterior, cualquier “esfuerzo personal para la posesión de una nueva experiencia queda desalentado” (Eco, 1981: 48) y empuja hacia una actitud pasiva que produce desasosiego.