Del tiempo libre a la profesionalización


Desde la perspectiva de este trabajo, la elección de algunos individuos por dedicarse a las artes escénicas como profesión, tiene un punto de partida que es necesario mencionar para encontrar la justificación que impulsa a valorar el sentido de la existencia a través de la actividad profesional, especialmente cuando las artes escénicas pasan a formar parte de la curricula universitaria. Esto quiere decir que la actividad teatral, al proyectarse como licenciatura en las universidades públicas y privadas, exige al individuo una reflexión exhaustiva de sus objetivos, acciones y deseos porque es, finalmente, lo que le permitirá sentirse incluido responsablemente en el tejido social que, a su vez, será reconocido a través de su propia imagen: un individuo realizado profesional y productivamente que cumple con un servicio social. Es la profesión, sea de cualquier disciplina, la que permite otorgarse el derecho de hacer sus labores propias; es, finalmente, cumplir con las tareas que le incumben como “único, definitivo y esencial” (González, 1994: 26). La profesión es una necesidad para que el individuo encuentre su realización que deviene por su vocación, ya que espera dedicarle toda la vida a su actividad, y para que

se identifique con las pautas ideales de su profesión; se sienta en profunda hermandad con los demás profesionales de su rama, rompa con la creciente dicotomización entre tiempo laboral y tiempo de ocio, dedicando a su profesión y al enriquecimiento de sus conocimientos y técnicas profesionales buena parte de su tiempo libre; y no abandone jamás su profesión, so pena de enfrentarse con el estigma de traidor o fracasado, en ciertas profesiones, si lo hace. El convencimiento profundo y la adhesión personal a la profesión como vocación puede desembocar a veces, sobre todo si se suman o intervienen otros factores (poder, prestigio), en una cierta sacralización de la profesión.” (González, 1994: 27)

Lo anterior nos obliga a llegar hacer una diferencia entre la actividad teatral que proviene de individuos que han ejercido dicho quehacer motivados por el gusto, el talento, el impulso creador, pero con profesiones y actividades laborales ajenas al arte dramático, con respecto a los sujetos que se formaron y forman profesionalmente en dicha actividad. En la diferencia se conciben los objetivos y los anhelos de vida. Desde luego, no se dudaría de la entrega, capacidad y calidad para ejercer dicha labor histriónica de parte de artistas que se formaron a través de la experiencia o de cursos teatrales; sin embargo, la razón de ser de los estudiantes y profesionistas de teatro marca la diferencia, pues su sentido de existencia, el encuentro con su identidad y los valores, se legitiman a través de la profesionalización académica. Si antes de la profesionalización la actividad teatral solo se miraba como una actividad que pudiera ser pasajera o temporal, ahora las aspiraciones de su realización se verán respaldadas por la dedicación plena y legitimización social.

Es necesario aclarar las diferencias sustanciales entre los grupos que desarrollan las actividades escénicas en Puebla antes y después de la profesionalización; es decir, los individuos que integraron grupos en las décadas anteriores a los años noventa del siglo XX y los que se crearon en el proceso y término de su profesionalización a partir de 1997, año en que se forma la Licenciatura en Arte Dramático en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Muchos de los actores poblanos de los años setenta y ochenta laboraban en oficinas gubernamentales, en el magisterio o eran estudiantes de diversas profesiones, algunos formados en talleres artísticos o Casa de Cultura; buscaron el teatro como un medio para levantar la voz contra las represiones constantes del gobierno o de la moral conservadora de la sociedad poblana o, simplemente, como una actividad creativa. Estos grupos de teatrales no “vieron” a la actuación como una profesión, ni como una actividad permanente que les pudiera solventar sus necesidades económicas; el tiempo que se le dedicaba a las actividades escénicas era el que les quedaba completamente libre. En estos actores no hay una reflexión subjetiva que reclame a las instituciones una nueva organización para atender sus proyectos artísticos (becas, subsidios, presupuestos, espacios).

En cambio, a partir de 1997, cuando se profesionalizan las artes escénicas en la BUAP, en el imaginario del individuo se construye paulatinamente una nueva percepción (paradigma) de la actividad teatral en la que se deposita la esperanza de lograr la realización personal a través de una actividad que socialmente se consideraba de poca importancia, infructuosa económicamente e incierta como actividad laboral. No obstante, será una actividad especializada en la que se invertirá tiempo, dinero y desgaste emocional, entonces es cuando “los profesionales reclaman más tarde recompensas económicas y sociales” (González, 1994: 29).

Al profesionalizarse las artes escénicas, al sujeto se le devela una realidad contraria a sus expectativas, pues se enfrenta a una serie de eventos externos e internos que obstaculizan su decisión por estudiar dicha carrera artística. En las instituciones sociales (educativas, religiosas), así como en el ámbito familiar, el estudiante encuentra un entorno social adverso a su proyecto de vida a pesar de estar cursando una carrera profesional. Una de las primeras objeciones familiares es reprobar el paso de una actividad artística que fue “recurrente” y que le permitía al joven distraerse en las horas libres, a la de convertirse en una profesión.

Al individuo, entonces, se le cuestiona sus inclinaciones artísticas al llevarlas al plano profesional porque, las artes “no son económicamente redituables”. En una sociedad en donde las divisiones sociales están perfectamente diferenciadas y, como consecuencia, se enaltecen las posesiones materiales y la moral conservadora, no cabe la posibilidad de elegir como formación profesional una actividad considerada poco productiva.

La presión social y familiar es determinante; muchos de los aspirantes a las artes sacrifican este deseo a pesar de ser la vocación acertada. Ante dichos conflictos el individuo tiene dos opciones: o deserta a su vocación (con las consecuencias que trae consigo llevar una vida insatisfecha y con un alto grado de frustración), o se antepone a las adversidades para el logro de sus objetivos y realización personal. Al optar en esta última, el profesionista necesariamente tendrá que buscar como una forma de sobrevivencia la empatía de los demás individuos afines para integrar un grupo que pueda contrarrestar las afectaciones físicas y emotivas, así como para fortalecer su identidad y quehacer profesional:

En la medida en que uno hace de la propia experiencia la piedra de toque de la verdad, uno busca a aquellos con quienes se tiene una experiencia común para hallar significados comunes. En esta medida, el surgimiento de las generaciones y el sentido de la generación es el centro distintivo de la identidad moderna. (Bell, 2006: 96)

Aquí la vinculación mutua se vuelve un soporte necesario porque en ella encuentran un sentido de pertenencia y se visualizan como un todo para hallar una mutua identidad en creencias y semejanzas que, al mismo tiempo, los protege de la soledad y del desamparo. “… contra los ataques del mundo externo y del mundo interno, el grupo propone un sistema de protección y defensa a cambio de un contrato de pertenencia permanente a él.” (Kaës, 2000: 12-13).

Es importante entender cómo los artistas dedicados a las artes escénicas, al expresar su capacidad de resistencia (a través del grupo) para no doblegarse al rechazo social, familiar y a las intolerancias gubernamentales y empresariales, están, al mismo tiempo, contribuyendo a la generación de nuevos hábitos culturales mediante la apertura de nuevos espacios alternativos. Esto puede apreciarse en el incremento de diversos grupos que presentan variadas propuestas que, finalmente, despiertan el interés de un público con mayor capacidad crítica.

Cabe aclarar que no se están generalizando actitudes y finalidades de actores formados por diferentes caminos. En el caso de los actores no formados en la universidad, aún en la actualidad han hecho de la actividad teatral su modo de vida, ya sea porque la cercanía de la Ciudad de México les permitió seguir desarrollándose o porque su práctica ininterrumpida les ha aportado reconocimiento y constancia laboral. En el caso de los profesionistas teatrales, se puede asegurar que el poder de la adversidad ha contribuido a que muchos de los estudiantes terminen por desertar de la carrera. En este trabajo se busca reconocer la resistencia de los pocos actores que alcanzan mantenerse en circunstancias adversas y consiguen, a través de la autonomía y perseverancia, lograr sus objetivos.