Ciencias y Artes


Entre los elementos adversos, destaca la ancestral división (en los albores de la modernidad) que marcó la polaridad entre la ciencia y la tecnología con las humanidades y el arte, la cual aún irrumpe en el imaginario de la sociedad, y en la que se sobrevalora a la razón en contracorriente al desprecio de los sentidos. El lugar que se le daba a la ciencia, y aún hoy se le sigue dando, es de privilegio, ubicándola como la gran dominadora del mundo al concebirla como la medida de todas las cosas. Dicha posición le da un poder ilimitado al cálculo, y está apoyada por la técnica para objetivar lo vivo (la tierra, la naturaleza).

La técnica moderna induce a des-ocultar y producir, mas no a manipular (como en la Antigüedad y Edad Media), confeccionar o “aplicar medios” (Heidegger, 1997: 122). Este “desocultamiento” es la labor esencial que la técnica realiza para llevar a cabo una liberación de la energía y, de esta forma, explotar a la naturaleza (Heidegger, 1997). Des-ocultar le da a la técnica un papel prepotente que permite objetivarse sobre la tierra y, al mismo tiempo, distanciar al hombre del descubrimiento que ejercía sobre ella; hay un distanciamiento de lo humano, generado por la técnica, respecto de la tierra. La producción técnica, que en algún momento fue dominada por el hombre, ahora escapa de sus manos: ya no puede expresarse de manera individualizada sino que se ha introducido a la esencia misma del hombre como sociedad.

El dominio de la técnica, que se expresa en la producción y que permea en todos los ámbitos de la sociedad, desdeña las actividades relacionadas con las humanidades y las artes porque se ciñen a una “reflexión meramente especulativa, ajena a operaciones de verificabilidad y contrastación empírica” (Espina, 2004:12); esto se opone a la idea de “la verdad”, del conocimiento, de la eficiencia y eficacia. En consecuencia, las humanidades y las artes no son disciplinas que conduzcan al progreso económico porque no buscan dar solución a las necesidades que la sociedad requiere como son el bienestar económico y el confort.

Esta supremacía proporcionada a la técnica desde luego trae consigo divisiones radicales entre las disciplinas y, obviamente, en las profesiones impartidas en la educación superior. Es evidente que las carreras tecnológicas en universidades públicas y privadas serán mejor atendidas en cuanto a la infraestructura que requieren, y en otorgarles un mayor presupuesto para sus actividades; en contraste, las humanidades y las artes muchas veces no encuentran las condiciones adecuadas para su desarrollo. Dichas diferencias repercuten en la percepción que la sociedad se forma de las profesiones; en consecuencia, se atribuye el derecho de valorar a los individuos a partir de la carrera que eligen.

Optar por una profesión que recaiga en las humanidades o en las artes, como es el caso de arte dramático, equivale a “renunciar”, según el prototipo de productividad que la sociedad se ha formado, a una vida con estabilidad económica. Hay, de parte de las instituciones gubernamentales, sean federales o estatales, un marcado desdén y desacreditación de las actividades culturales y artísticas, lo cual se refleja, por ejemplo, en el poco presupuesto que se destina a dicho rubro, así como en la raquítica remuneración por el trabajo, por la falta de público en las presentaciones teatrales, entre otras cosas.